martes, 30 de noviembre de 2010

Libertad de expresión

El periodismo y la militancia política

Publicado el 29 de Noviembre de 2010



Cuando escribía editoriales en su diario en los que justificaba la represión dictatorial por el accionar de las ‘bandas terroristas’, ¿Robert Cox se comportaba como periodista o como militante?
  Es realmente aliviador, para la conciencia colectiva de este pueblo y la ética profesional de sus periodistas, que nuestra cultura democrática alcance el siguiente extremo en su maduración: la discusión que se suscitó a partir de lo que habría dicho el nuevo director de la agencia Télam, Martín García, y la posterior respuesta del que fue titular durante la dictadura del diario Buenos Aires Herald, Robert Cox.
El británico había objetado la defensa que García, quien dirige la agencia estatal de noticias, habría realizado de la cualidad militante que, antes de asumir los rigores de su función –en este caso periodística–, guía la labor profesional de quienes “escribimos la verdad al servicio del pueblo”. “Soy primero militante, después periodista”, habría dicho Martín García. Clarín y La Nación le saltaron al cuello.
No obstante, no está del todo claro si efectivamente Martín García pronunció esa frase. O cuál fue su alocución completa. Asistimos a sus implicancias mediante los tamices Clarín, de Magnetto; el mitrista La Nación, y Perfil, de Fontevecchia, medios cuya confiabilidad, desafortunadamente, hace rato que ha caído a niveles muy por debajo de lo tolerable. Quizás hubo mala “edición” de quienes recortaron la íntegra intervención de García; después de todo “malos” costureros, tan “buenos” para equivocar a propósito sus suturas, hay en todos lados, especialmente en los medios de (in)comunicación de marras. Pero en cualquier caso, sería encomiable que aquella frase efectivamente haya sido dicha así, con tanta intensidad. De haber sido pronunciada, la del director de Télam es una proposición polémica, picante, profundamente justa, que rasca exactamente en las partes coloradas de la piel de nuestro actual mapa mediático. Alguien tenía que hacerlo. ¿Acaso Rodolfo Walsh hubiera pensado diferente? Si hasta el Consejo de la Magistratura evalúa internamente la eventualidad de permitirles a los jueces afiliarse a partidos políticos; si tuvimos un presidente, Néstor Kirchner, que se declaraba militante antes que primer mandatario, ¿por qué razón tendría que reservarse en su más íntima subjetividad su compromiso ideológico y político un periodista?
Obviando, por ahora (porque no es objeto de esta nota analizarlo), la discusión sobre si los periodistas que se asumen como trabajadores de empresas comunicacionales, cuya línea editorial no deciden en absoluto, quedan exceptuados del mandato ético y moral de no manipular información, de no silenciarla ni forzarla en algún sentido, de modo que les sirva a sus patrones. Establezcamos, al menos, un kilómetro cero desde el cual medir con parámetros más o menos rigurosos la conducta profesional: los cronistas de los medios hegemónicos se han convertido, objetivamente, en “militantes” de otros intereses que no son, ni por asomo, “la verdad al servicio del pueblo”; mas disimulan su condición –cada vez con menos éxito, sin tanta prosopopeya de medio tono– recurriendo a los ropajes de la “objetividad” y la “neutralidad”. Será la Historia la que los juzgue luego, con condenas o absoluciones. Fue el 30 de abril de este mismo año, 34 años después del último golpe de Estado, que las Madres de Plaza de Mayo “juzgaron”, aunque sin ánimo punitorio medido en cárcel, la ética de los periodistas que apoyaron decididamente a la dictadura y silenciaron todo lo que les fue posible las evidencias de un genocidio en plena aplicación.
Sin embargo, volvamos. Esas construcciones del discurso, esas apelaciones triviales a una “verdad” en apariencia impolítica, en la que siempre se violenta el contexto, resultan obsoletas cuando en la realidad concreta sobre las que operan se discuten palmo a palmo gruesos intereses materiales, políticos y simbólicos, como ocurre en la Argentina de hoy.
Al grano: fantasear –por poner un solo ejemplo entre las centenares de operaciones de prensa que abundan estos años– un importante incidente diplomático entre Brasil y la Argentina, situar esa “información” en tapa del matutino de mayor tirada nacional, citar como única fuente a otro medio de comunicación del país vecino, sin esperar siquiera un parte oficial, ya que lo ameritaba lo delicado de la cuestión que se estaba ventilando. Y, una vez producida la desmentida gubernamental de la supuesta víctima del conflicto entre ambos países –Brasil en este caso–, sacarlo raudamente de tapa, bajándole drásticamente el tono, ¿qué es sino burda militancia contra los intereses nacionales, en primer lugar, y contra la integración latinoamericana en segunda instancia?
Otro: cuando el sitio de prensa de la Corte Suprema inventó el recorte presupuestario para la Justicia por el Poder Ejecutivo, y hasta le puso una imaginaria cifra, redonda para que tenga aun más énfasis en la subjetividad de los consumidores de noticias (porque así tratan a la sociedad civil): 40% menos; sus cronistas, que lo administran y dan formato profesional, ¿se comportaron como periodistas o como militantes de la corporación judicial? ¿Fueron fieles a la verdad, al concepto de ética que les habrán enseñado en lecciones teóricas durante sus cursos de formación, al rigor en la investigación, en la recolección de datos fidedignos, o a la Asociación de Magistrados, el sindicato de los jueces, donde siempre resultan elegidos Señorías de conservadores para fuera, para conducirla gremialmente?
Y cuando el director del Buenos Aires Herald escribía editoriales en su diario dirigido a la comunidad angloparlante porteña, en los que justificaba la represión dictatorial (aunque a prudente distancia de sus “excesos”, faltaba más) por el accionar de las “bandas terroristas”, ¿Robert Cox se comportaba como periodista o como militante? ¿Será por eso que la Asociación Madres de Plaza de Mayo no lo recibió con pleitesía cuando vino recientemente al país, como sí hicieron otros en equivocado gesto, y Hebe de Bonafini expresó secamente, en Plaza de Mayo, “el que no quiere a nuestros hijos, no nos quiere a las Madres”?
En tiempos de cruentas disputas entre intereses sociales contrapuestos, cada vez menos conciliables, ¿será que hasta la memoria y la verdad se vuelven militantes?
Por lo demás, la sociedad que se informa a través de los periodistas militantes, pero de la causa del pueblo, no deben tener miedo a ser manipulados por los emisores de sus mensajes. Un buen militante popular no soslaya nunca que pocas cosas hay más revolucionarias que decir la verdad “ajustada como un guante”.
Así, al menos, creía el Che. <

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